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Rosa azul revisitada

Rosa azul,
destila tristeza,
un perfume que se agria,
cuando el presente marcesible 
se dispara,
como una pistola 
en un duelo por la mañana,
y no es Pushkin el malherido,
y dentro de una semana
nadie velará tu cuerpo
ni llorarán por tí. 

Para destrabar la traba,
para desentrañar la entraña,
para desincurrir lo incurrido,
tiernos besos 
antecedieron tu partida,
y yo me quedé moviendo piezas  
de manera interminable,

contra mi mayor rival imaginario: ese que se apellida como yo,
que se llama como yo, que no necesita espacios 
ni guiones entre sus apellidos,
ni carta de presentación para 
brillar o sentirse importante,
pues como todos le colocaron 
de fábrica una fecha de caducidad, 
ya que su presente marcesible
tornará algún día en el futuro inexistente,
y no habrá verbos que conjugar. 

¡La única gran cosa fué retomar el ajedrez! 

 Verdad incompleta del amanecer,
¡restalla impoluta! 

Haz que la ciudad nueva 
que te ha visto crecer,
aprecie 
tu savia irresoluta. 

Y si no, otras ciudades 
contemplarán 
tu porvenir errante,
ése que has cosechado, 
tras 
el camino alabeado del escriba. 

No has de ser premiado
en un concurso
ni ser aclamado 
por masas ingentes.

¡La mayor gloria es un verso 
que está inacabado,
o una partida 
en la que nos aventajan en
dos peones! 

Silba, Rosa azul,
como esta brisa,
o este cierzo
nacarado
del tamaño de este pueblo aragonés,
de fuertes y profundas convicciones. 

Sirva el verso que clausura,
la pretendida hondura,
de sus labios carmesí. 

Naranjos y olivos
concuerdan,
tras un río que olvida
esta latitud Norte.

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